“Muy bien hijo lindo, muy bien” eran sus palabras, las que llegaban como caricias moduladas por el viento y bañaban tus sentidos de aliento…
El profesor Humberto, quien nació entre las gergas de la chichería de doña Benedicta, a muy temprana edad y aun tomando su biberón de chicha de jora partió al campo, con él, sumarían cinco los hijos adoptivos del abuelo Gerbaciano.
Su infancia en el campo fue muy feliz: creció entre pastizales, vacas, toros, becerros, marranos, burros, caballos y su abuelo Gerbaciano.
Pasaron nueve años desde su llegada al campo y el abuelo decidió asignarle nuevas responsabilidades. El Niño Humberto quien había desempeñado actividades de ordeño, pastoreo de vacas y cochinos, ahora tendría que ir al pueblo a traer provisiones
Entusiasmado por el nuevo desafío, salió el muchacho muy de madrugada animado sobre todo por la curiosidad de conocer el pueblo. Y partió vestido con su único atuendo: unos llanques, una camisa vieja, una faldita de lana y un viejo sombrero sobre una larga y empelotada cabellera.
Llegó al pueblo y tras seguir las instrucciones de su abuelo al pie de la letra, retornó al campo con la felicidad que representa una labor cumplida.
Esta rutina se repitió durante varios días y su estancia en el pueblo se hizo frecuente y los niños empezaron a burlarse de su falda y su cabellera y le gritaron:
¡Mujercita….., mujercita…!
El pequeño Humberto inocente del hecho, simplemente sonrió y siguió adelante.
Al día siguiente, nuevamente los niños lo esperaron esta vez para gritarle en coro:
¡Mujercita….., mujercita…!
Imperturbable el pequeño visitante, quien no entendía muy bien el español – dado que solo hablaba el quechua-, volvió a sonreír y siguió su camino.
Transcurrieron los días y los traviesos del pueblo no habían podido lograr su cometido y esta vez decidieron hacerlo con más ahínco y desesperadamente volvieron a gritar:
¡Mujercita….., mujercita…!
Interpretando los gestos y con la sonrisa en los labios, el pequeño Humberto se acercó lentamente a la muchedumbre, llamó al jefe de la pandilla y con presteza, levantó su falda y les mostró el pepe…
Aquel gesto significó la humillación de los pueblerinos quienes irritados persiguieron al osado campesino pero éste, entrenado en largas caminatas no pudo ser atrapado.
Reflexión:
Hay muchas maneras de aclarar las cosas
pero ante las dudas
no hay mejor explicación
que una demostración.
Este cuento está basado en la anécdota del profesor Humberto Requejo Llanos, insigne maestro de escuela. Los hijos de Cajamarquilla, Utcas y Cajatambo son testigos de sus enseñanzas.
El cuento también es parte del libro “Forjando Voluntades” el cual recrea un conjunto de anécdotas del profesor Humberto y se encuentra disponible en una nueva edición revisada y complementada.
Con este cuento queremos felicitar a todos los padres en su día y recordar a nuestro padre “El profesor Humberto”.


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