Era un hombre flaco sobre su caballo igualmente flaco. Podía estar en el campo o en el pueblo, pero don Alicucho, siempre estaba cabalgando.
Una mañana, mientras tocaba la puerta desde su caballo, salió doña Elisa quien lo invito a pasar a su casa para tomar el desayuno, no se preocupe doña Elisita, ya me voy, se justificó. Entonces te traeré un cafecito, insistió la señora.
Y mientras tomaba el café, las personas que a esa hora partían al campo se detenían para hablar con Alicucho. Y así pasó la mañana hasta que salió nuevamente la señora Elisa esta vez para ofrecerle el almuerzo - tal vez conmovido por la delgadez de su figura-. No se preocupe señora Elisita, ya me voy, estoy apurado, volvió a contestar Alicucho.
Todo lo hacía desde su caballo. Así sea cuando compraba en la tienda, cuando buscaba operarios y hasta cuando trabajaba.
El trabajo preferido de Alicucho era arar el campo y lo hacía desde su caballo. Con una mano conducía el arado a través de una esteva larga y en la otra llevaba un aguijón con la que estimulaba la yunta
Ese día, don Alicucho partía al campo muy temprano llevando el aguijón en la mano. Mientras trotaba en su caballo no podía ocultar la placidez de su alma, hasta parecía que estuviera saliendo Rocinante, el Quijote y su lanza en busca de aventuras, como si fuese un caballero andante que sale a recorrer el mundo, a socorrer a los débiles y deshacer entuertos.
Pero su impavidez de rompía cuando en el camino aparecía un juguetón que se burlaba de su figura y le gritaba “don Quijote, don Quijote”, y él salía en su caballo detrás del travieso pero éste, subía espacios donde su rocinante no podía llegar con la seguridad de que don Alicucho no se bajaría del caballo para atraparlo. Se deben acordar.

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