“Que la bendición del Señor descienda sobre todos ustedes y que aumenten las vacas y que produzcan más leche…” oraba en voz alta el cura Basaure cada vez que pasaba por un hato.
La presencia del cura en el campo, en un pueblo con profundo arraigo religioso, significaba una bendición para los campesinos, quienes no hallaban como retribuir la visita.
Todos los agricultores anhelaban que el cura pasara por su finca para recibir la bendición deseada.
Pero al no tener más qué ofrecer, los campesinos le daban el almuerzo y el cura pasaba de hato en hato comiendo todo lo que le ofrecían. Y se hizo costumbre. El cura salía a recorrer todas las mañanas los hatos, y los campesinos al verlo decían: el padrecito está llegando, sírvale la comida, hoy será un buen día.
Pero una mañana, mientras la tía Natalia estaba ordeñando sus vacas, recibió la noticia de que el cura Basaure estaba caminando hacia su finca. Aquella información en vez de alegrarla le produjo tremendo susto, porque el cura había hecho costumbre visitarla y cada vez que lo hacía, luego de darle la bendición, se tomaba toda la leche que había ordeñado.
Y fue así que el cura se iba poniendo cada vez más gordo, y al no poder caminar tanto, se quedaba en el primer hato que llegaba y se comía la olleta completa de comida y fue entonces cuando los campesinos empezaron a escondérsele, porque de otro modo, la bendición del cura, los podría dejar sin almuerzo.
Se deben acordar.

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